ORO Y PLATA INTERNACIONAL S.A.















¿Tiene sentido el valor tan arcaico del oro en un mundo cada vez
más virtual?

La crisis ha hecho renacer una nueva edad del oro. Muchos inversores han
optado por comprar lingotes de oro o monedas para poner a buen recaudo
sus ahorros, que centellean ante la inestabilidad de los mercados
financieros. ¿Un valor refugio, un valor arcaico, el triunfo final de lo más
material? En un momento en que los bienes inmobiliarios, la bolsa o las
divisas muestran volatilidad, el oro de inversión deslumbra a los
compradores. Los expertos analizan la evolución de sus precios buscando
el techo. El precio de la onza (31,1 g) en Nueva York ha pasado de 1.313
dólares en enero a 1.757 dólares el pasado martes, con lo que ha aumentado
un 33% en seis meses. Los compradores pueden guardar los lingotes (de
cinco gramos a un kilo) y las monedas en las cajas fuertes de casa o en
bancos, aunque deberán contar el coste de seguridad.

Comprar oro tiene algo de retorno instintivo a una memoria selectiva del
hombre, cuyo ADN monetario está en los intercambios y transacciones que
se hacían con monedas (plata, bronce, oro) en la antigüedad. Hasta el final
de la Primera Guerra Mundial, el oro y las monedas estaban ligados entre sí,
aunque la última relación consistente, la que unía dólar y oro, desapareció
en 1971. Desde entonces, el patrón oro desaparece y el valor del papel
moneda descansa sobre la fe en los estados.

Pero ¿en quién confiamos más, en el oro o en el Estado? Por ahora, los
ciudadanos se echan la mano al bolsillo y no ven una crisis virtual. "La
gente está harta de valores etéreos y virtuales y cree que ha llegado el
momento de volver a centrarse en valores seguros, palpables y materiales",
dice Joan Nogué, catedrático de Geografía Humana de la Universitat de
Girona. El oro nunca ha dejado de ser una referencia. Puede presumir de ser
muy estable. No se degrada. No se oxida, ni produce herrumbre. Resiste el
paso del tiempo. Simboliza lo duradero. Con su resistencia, su belleza o
adornando el cuerpo humano ha superado la reválida de los siglos. Ha
protagonizado acontecimientos religiosos o históricos, y ha consolidado su
prestigio en los mitos y en el lenguaje (edad de oro, medalla de oro...). "El
oro siempre ha provocado una seducción extraña. Ha sido el símbolo de la
riqueza", recuerda el sociólogo Joaquim Sempere.

Ante su presencia rotunda, cotidiana, no es fácil sustraerse a su
magnetismo; ni es sencillo desentenderse de valores y símbolos materiales
asentados. Y menos aún, en época de crisis, cuando se buscan muletas
atávicas, las esencias de nuestros ancestros. Por si fuera poco, las culturas
más diversas (el imperio de Mali medieval o el español, India...) sucumben a
su hechizo; hasta los nuevos gobiernos venden las reservas al mejor postor.

"Las joyas de oro conservan el poder adquisitivo cuando las cosas van mal.
Cuando la economía va bien, el oro baja de precio: pero cuando va mal,
sube su precio. Pero si la crisis fuera aún más grave, también bajaría de
precio, porque entonces comenzaría a salir la oferta de oro de gente que
necesita pagar la hipoteca o la comida", dice Joan Martínez Alier, profesor
de Economía de la UAB.

La fábula del rey Midas enseña que el oro, símbolo de poder y codicia, trae la
desgracia. El rey Midas pidió al dios Dioniso que convirtiera en oro todo lo
que tocara, y este se lo tomó tan al pie de la letra que hasta el agua, el pan y
los frutos tenían forma áurea y no podía ni comer. Midas purgó sus culpas
purificándose en el río Pactolo. Pero ni así ha perdido popularidad. ¿Por qué
extrañarse de que los inversores busquen una nueva edad del oro para sus
bolsillos?

"Los inversores buscan obtener el máximo beneficio en el mínimo tiempo
posible. Y si los mercados habituales no dan más de sí y no se les puede
exprimir más, piensan: 'Pues vamos a buscar otra cosa'", interpreta Albert
Gasch, responsable del área de clientes de la banca ética Fiare.

¿Es el triunfo del individualismo?. "Los grandes inversores se han
convertido en el prototipo del egoísta que sólo piensa en su propio interés y
no tienen ninguna sensibilidad hacia el interés común. La regulación de las
especulaciones financieras es inexistente y la autorregulación no funciona.
Este es un liberalismo salvaje en el que el único fin es el enriquecimiento y el
beneficio propio. Con estos valores personales y colectivos, es imposible
avanzar hacia un mundo más equitativo", diagnostica Victoria Camps,
catedrática de Ética en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Y
también puede interpretarse que los ciudadanos dan la espalda a los
gobiernos, que "no son capaces de domar los mercados ni contener los
estragos especulativos: nos amarramos a ideas para ponernos a salvo de la
inestabilidad de una economía de casino", dice Sempere.

"Bancos y cajas han enseñado sus grietas y debilidades, mientras que el
poder político ya ni siquiera intenta disimular que tiene poco poder, que el
poder está en otra parte. Todo esto se ha hecho evidente a los ojos de
quienes hasta ahora tenían una fe ciega en el sector financiero y el Estado",
opina Joan Nogué.

"Los inversores no creen en la burbuja en que nos han metido. Huyen de las
inversiones corrientes e incluso de las inversiones especulativas.
Desconfían incluso del sistema que han montado. Como dice el profesor
Naredo, la economía especulativa es cincos veces superior al PIB mundial",
dice Enric Tello, catedrático de Historia Económica de la UAB.

Los compradores creen que el oro de inversión irá al alza. Y en estos
mercados, lo importante son las sensaciones: la necesidad de conocer a
fondo la oferta y la demanda para dar lugar a especulación. Por eso, también
se puede comprar en los mercados de futuros. "La especulación es lo que
mueve el mercado del oro de inversión, o sea, la expectativa de que luego
costará más", dice Ismael Romeo, director de la bolsa de derechos de
emisión de CO2 Sendeco, todo un experto en valores con altibajos
acusados.

"Comprar oro no es una inversión; es pura especulación. Aparcar el dinero
puede servir de solución individual, pero no como opción colectiva porque
supone menos actividad económica. Y conviene aclarar que hay actividades
económicas con elevados impactos sociales y ambientales", dice Aniol
Esteban, jefe de economía ambiental de la New Economics Fundation, de
Londres.
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