ORO Y PLATA INTERNACIONAL S.A.
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Joyería fina
Los anillos de Super Bowl representan el mayor tesoro en el
mundo de los deportes
EN LA NOCHE DEL 7 DE JUNIO DE 2009, tres hombres utilizando guantes y
botas de hule, y disfraces de Ninja, escalaron los muros de una joyería en
Massachusetts, abrieron un hoyo en el techo, y escaparon con una caja
fuerte de media tonelada. Adentro, junto con monedas raras, accesorios de
oro, gemas y joyería variada, se encontraban 27 anillos que pertenecían a
personal de la directiva de los New York Giants. Los habían obtenido
ganando el Super Bowl.
En papel, los anillos estaban valuados en 172,000 dólares. Pero para los
Giants, claro está, valen mucho más. En los 44 años desde que los Green
Bay Packers de Vince Lombardi derrotaron a los Kansas City Chiefs en el
Super Bowl I, el anillo que va para los campeones de la NFL se ha
convertido en el trofeo más glamoroso de cualquier deporte. Frank Sinatra
poseía uno, comprado para él por el propietario de los Oakland Raiders, Al
Davis. El Kremlin tiene uno, tomado en el 2005 de las manos del propietario
de los New England Patriots Robert Kraft, por el presidente ruso Vladimir
Putin, quien pidió verlo mientras se reunía con un grupo de empresarios
americanos, y luego se lo guardó en el bolsillo. Kraft declararía más tarde
que había sido un obsequio. El anillo más grande registrado (talla 25)
pertenece al ex liniero defensivo de los Chicago Bears, William
"Refrigerator" Perry. Lo pidió para su dedo medio. "Más oro de ese modo",
explicó.
Los Pittsburgh Steelers y Green Bay Packers, quienes jugarán por el gran
premio de la NFL el 6 de febrero, te dirán que el brillo del anillo es irresistible.
No siempre fue así. La primera edición fue realmente austera comparada con
modelos nuevos. Después de reunirse con Lombardi para revisar los
bocetos, Ken Westerlund de Jostens salió corriendo a una estación
televisora de Green Bay, pidió prestado un aerógrafo, y modificó el diseño
para ajustarse a lo que quería el entrenador. Por el lado izquierdo estaba el
logo de la NFL. En el lado derecho, estaba una corona del escudo de armas
de la familia Lombardi, alrededor de las palabras Harmony, Courage, Valor
(Armonía, Coraje, Valor). En la cara, en el centro de un globo dorado, estaba
un diamante cortado de 1.0 puntos.
Previo al Super Bowl I, los jugadores a menudo eran recompensados con
prendedores para solapa, leontinas, pisacorbatas, y en una ocasión --para
conmemorar el título de 1933 obtenido por los Chicago Bears-- pieles de
oso. Pero la liga aprovechó la oportunidad de crear un único sello brillante
de excelencia al ofrecerse a pagar por los anillos de campeonato de cada
equipo. Los jugadores tardaron un poco en aquilatar el premio; el cheque
adicional de Super Bowl parecía mayor. No fue hasta que la gran ola de
contratos televisivos elevó sus salarios que el anillo cobró mayor relevancia.
Después de conquistar cuatro títulos entre 1975 y 1980, los Steelers
pusieron el sagrado talismán en el mapa con una odiosa canción disco: "We
are the Steelers, the Super Steelers, We'll have one for the thumb in '81."
Los dueños de la NFL felizmente se unieron a la diversión, añadiendo más
oro y diamantes cada año. Después de que los Oakland Raiders vencieran a
los Minnesota Vikings en el Super Bowl de 1977, Al Davis emitió el siguiente
edicto: "Quiero poder portar mi anillo frente a la Reina de Inglaterra y no
sentirme avergonzado". En 1982, después de ganar su segundo título, la
liga estableció algunas restricciones, las cuales sobreviven hoy en día.
Todos los anillos deben manufacturarse ahora en aleación de oro de 10
quilates, y pesar no más de 30 "pennyweight" (unas 1.6 onzas). Los
diamantes no deben exceder 150 puntos para un campeón primerizo. Y si el
costo por cada anillo excede 5,000 dólares, la NFL insiste en no pagar un
centavo de la factura.
Esto no ha ayudado a limitar el escalamiento de las gemas. Algunos
propietarios simplemente pagan el total, o presionan a la joyería --Jostens,
Balfour, Tiffany o Diamond Cutters International-- de producir los anillos con
pérdida. Las empresas aceptan con gusto, ya que el prestigio que viene con
manufacturar los anillos de Super Bowl es bueno para el negocio.
En el 2004, Kraft ordenó el anillo más grandioso de la historia, 3.8 onzas de
oro blanco de 14 quilates incrustado con 104 diamantes. Puntos totales:
505. En el 2005, elevó el conteo de gemas hasta 124. La copia que ahora
descansa en la biblioteca del Kremlin se reportó con un valor
"sustancialmente superior" a los 15,000 dólares. La temporada pasada, los
Saints recibieron 750,000 dólares --5,000 por pieza por hasta 150 anillos--
para comprar sus premios. Bajo los estándares modernos, el diseño fue,
digamos, de buen gusto. Apenas 60 diamantes. El anillo fue revelado a los
jugadores en junio, después de una cena privada. El sentimiento general fue
bien sintetizado por el esquinero Tracy Porter, quien escribió vía Twitter:
"GOT IT!!!!" (¡Lo tengo!).
Sin lugar a dudas, el valor simbólico del anillo está exagerado. Brett Favre
tiene apenas uno, mientras Jason Garrett tiene dos. Pero Walter Payton
demostró que el souvenir tiene su magia particular. En 1996, el miembro del
Salón de la Fama puntualizó una inspiradora charla que ofreció al equipo de
baloncesto de la preparatoria Hoffman Estates High de Chicago al colocar
su anillo de campeonato del 1985 en la palma de la mano de Nick Abruzzo, el
mejor tirador. Payton le dijo que lo guardara hasta que el equipo hubiera
completado su carrera de playoffs. Con el oro en la mano, los jugadores
pelearon todo el camino hasta llegar al campeonato estatal. Ahí es cuando
desapareció su amuleto de la suerte. Hoffman perdió el siguiente partido por
un punto. Payton (quien fallecería de cáncer en 1999) debió comprar un
duplicado.
En el 2001, Phil Hong, un estudiante de Purdue, estaba jugando con su
Doberman en su departamento cuando la pelota de hule del perro rodó bajo
el sofá. Hong se asomó debajo del mueble usado, que alguna vez había
pertenecido al hermano menor de Abruzzo. Ahí estaba, el tesoro perdido de
Payton. Había viajado 600 millas, de un departamento a otro, y finalmente a
un tercero, antes de librarse del relleno del sillón.
Hong hizo lo honorable. Contactó a la viuda de Payton, y devolvió el anillos.
"Walter Payton fue mi ídolo de toda la vida", explicó. "No tengo derecho a
conservar este anillo".
Si tan sólo los tres hombres indiciados en el robo de los anillos de los
Giants hubieran sido tan sabios. Cuando su caso llegue a la corte, tendrán
que explicar cómo es que un anillo llegó hasta el buró de la casa de uno de
ellos, sin mencionar el resto que aparecieron en una caja de depósito
bancario de un amigo.
Quizás puedan culpar a Putin.