En los 50 hubo en EE.UU. un auge de las fiestas de Tupperware. En los 70, las estrellas fueron los cosméticos de Mary Kay. Hoy, una nueva clase de reuniones sociales está de moda: las fiestas del oro.
11/01/10. Una noche de diciembre antes de Navidad, Shannan DeCesare, de 40 años, compró cuatro cadenas de oro, dos pulseras, algunos aretes que habían perdido sus parejas y varias piezas más en la casa de su vecina. Unos minutos después, firmó un cheque por US$610. "¡Feliz Navidad para mí!", exclamó en medio de aplausos del pequeño grupo de mujeres reunidas alrededor de la mesa del comedor de la anfitriona Christine Smith. "No se lo digan a mi esposo", bromeó.
Los temores sobre la inflación impulsaron los precios del oro por encima de US$1.110 la onza (28,35 grs.), un aumento del 50% frente a 2008. Y muchas personas afectadas por la débil economía buscan formas discretas de recaudar efectivo extra sin tener que acudir a la tienda de empeños.
Como consecuencia, las fiestas del oro están en auge en EE.UU., y crean oportunidades para aspirantes a empresarios independientes, y una nueva preocupación para los reguladores. Normalmente, las pequeñas empresas promueven las fiestas a través del boca a boca. Las empresas llevan a un especialista que tasa los artículos de los vendedores, y le pagan al anfitrión una comisión de alrededor del 10% de las ganancias.
Una regla de oro: "Lo que sucede en una fiesta del oro se queda en una fiesta del oro", bromea Margaret Petrucelli, de 43 años, que fundó su firma It's a Gold Mine Party LLC hace un año, tras ser despedida de la división de hipotecas del banco de inversión Goldman Sachs Group Inc. Ahora tiene una red de unos 30 especialistas que organizan entre 30 a 40 fiestas por semana en su nombre en todo el país.
"Puede ser realmente difícil para mucha gente entrar a una joyería o una casa de empeños con una pequeña bolsa de oro", afirmó Lisa Rosenthal, de 46 años, cuya empresa de dos años de antigüedad, Party of Gold, con sede en el estado de Massachusetts, se expandió a 130 especialistas que trabajan en más de 1.000 fiestas al mes, en esa región del país.
Reguladores y veteranos de la industria temen que algunas fiestas puedan estar aprovechándose de la falta de conocimiento de los consumidores sobre la industria y el precio justo del oro.
"Hay toda clase de fiestas en casas en las que se venden cosas desde artículos de plástico hasta velas, pero ninguna está realmente tan expuesta al fraude como esta en particular", explica Claudette Carveth, una vocera del departamento de protección del consumidor de Connecticut. "Bajan la guardia porque están en la casa de un amigo, y asumen que la persona que se lleva sus joyas es de confianza".
Carveth señala que los compradores de oro en su estado deben solicitar una licencia de metales preciosos en cada municipalidad en la que trabajan y usar una balanza certificada por el estado para pesarlo.
Pero, "no hay estándares para la industria", indica January Thomas, quien fundó su empresa con sede en Michigan, My Gold Party, hace dos años y ahora tiene 80 especialistas que trabajan para ella en todo el país. "No hay nada que diga que hay que pagarle un cierto valor mínimo al vendedor".
La mayoría de las empresas que organizan fiestas del oro paga a los vendedores entre 65% y 75% de lo que valdría su oro para un refinador. La calidad de la artesanía y el valor sentimental no se tienen en cuenta.