ORO Y PLATA INTERNACIONAL S.A.
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Nueva fiebre del oro en California
Decenas de buscadores hurgan en las aguas del río San
Gabriel con la esperanza de extraer una pepita dorada o la
veta más valiosa del lugar
26/04/09. Junto a la orilla del río San Gabriel, en las faldas de las montañas
del bosque Nacional de Los Ángeles, docenas de exploradores con manos
mugrosas escarban el lodo en búsqueda de un tesoro.
Y es que por más de 160, grupos de soñadores continúan llegando —en la
actualidad más que nunca— a la bifurcación este del río San Gabriel, con
sus ollas, detectores de metales y aspiradoras acuáticas en busca del metal
más codiciado: el oro.
Este lugar es conocido como "El callejón de las pepitas", y se encuentra a
unas 30 millas al norte de la ciudad de Azusa, sobre la carretera 39.
Durante varias décadas desde 1840, se estima que los mineros extrajeron
más de 150 mil onzas de oro en esta área del río de San Gabriel.
Actualmente, las minas están abandonadas y no existe lo que el gobierno
califica como "producción activa," excepto por los aficionados que
continúan llegando a levantar rocas, a escarbar lodo, a agacharse junto al
río, a menear ollas con arena... y a soñar.
La realidad que representa ese 11% de desempleo en el condado de Los
Ángeles y el precio del oro que llega a casi 900 dólares por onza, ofrecen
una invitación a cualquiera que tenga un espíritu aventurero, o una factura
que pagar, para venir a arrodillarse ante la naturaleza y buscar su tesoro
escondido.
Ya sea por obsesión, pasatiempo o simplemente una excusa para traer una
hielera llena de bebidas, en "El callejón de la pepitas" no es raro encontrar a
estos exploradores a cualquier hora y cualquier día de la semana.
"Sí hay oro aquí, de eso no hay duda; lo difícil es encontrarlo", comenta
Steve Hill, un buscador que guarda la prueba en sus bolsillos: dos piedras
del tamaño de un limón, llenas de granitos resplandecientes.
Steve, residente del Valle de San Fernando, perdió su trabajo recientemente
y vino al río para ver si lograba "unos ingresos". Él dice que, de vez en
cuando, se escucha un alarido en el río, señal de que alguien ha encontrado
algo bueno; pero advierte que quizá pueda ser "oro de tontos", o piedras
brillantes sin valor, que son como una broma de mal gusto por parte de la
madre naturaleza.
Asegura que para encontrar oro "el secreto está en buscar debajo de las
rocas", y sumergiendo sus manos en el lodo, se disculpa y vuelve a su labor.
Es ese resplandor brillante que guarda en sus bolsillos, el virus que
transmite "la fiebre de oro" a todos los que se acercan a este río.
Pero encontrar oro no es cosa fácil, asegura Martín Milas, presidente del
club de buscadores de oro en el Sur de California.
"Es un trabajo arduo, hay que remover piedras y escarbar mucho", dice
Martín. "Para muchos, esto es un pasatiempo familiar, un rato al aire libre o
una barbacoa, pero parece que otros se obsesionan".
Afirma que estos días de inquietud económica le hacen recordar las
historias que leyó de las multitudes que venían al río en busca de oro
durante la década de la Gran Depresión. "La diferencia es que antes te
encontrabas con pepitas de oro valoradas en miles de dólares en una sola
olla; ahora, tienes suerte si te encuentras con unas migajas. Tal vez
encuentras un poco de ‘color’, pero no te vas a volver rico", concluye Martín.
Entre los buscadores está una pareja de ancianos, Barry y su esposa Nikki
Northrope. "La primavera es la mejor época para buscar oro, ya que la nieve
se está derritiendo y la corriente del río trae fuerza", asegura Nikki, quien
dice que en los 20 años que tiene de venir al río, nunca había visto a tanta
gente buscando oro. "No cabe duda que es la economía".
Esta pareja nunca ha encontrado algo de gran valor, pero dice que un amigo
recientemente logró vender siete mil dólares en oro que encontró en el río y,
según Nikki, todavía hay mucho más. "Alguien va a encontrar la veta
madre… está allá arriba en algun lugar", asegura levantando la mirada al
vientre de las montañas, y sin decir más clava una mano en el lodo y menea
una olla con la otra.
Su esposo Barry, quien trae puestos overoles y rodilleras, es el encargado
de remover el lodo con una pala y comenta: "Buscar oro es como ir de
pesca, a veces cae algo, a veces nada". Barry revela que su secreto para
encontrar oro está en menear suavemente la olla que se utiliza como
colador. "Los granos dorados que no flotan en la olla los vas recolectando,
y de granito en granito haces una onza".
Junto al río se pueden apreciar varias tiendas de campaña, la mayoría con
banderas estadounidenses y calcamonias que anuncian membresía en la
Asociación Nacional del Rifle. Sus dueños traen sombreros de vaqueros,
barbas espesas y piel arrugada por el sol, como de lagartijas.
También hay hombres con trajes de buceo, familias, barbacoas y perros
chihuahua.
En la tierra, no todo lo que brilla es oro, sino tapones de botellas y
envoltorios de chocolates. Al caminar entre tanta piedra, es fácil caer en la
obsesión de pensar que bajo cada paso puede haber un tesoro. Es fácil
ponerse a soñar, pero vale la pena advertir que al caminar entre tanta roca
removida es más fácil torcerse un tobillo y salir de aquí con un raspón en la
rodilla.
Juan Herrera, un residente de Azusa, vino con su familia a pasar un día con
la naturaleza. No es aficionado al oro, pero asegura que para encontrar algo
de valor, el secreto está en tener un detector de metales. "Mucha gente viene
al río, y en su búsqueda de oro pierde anillos, cadenas y relojes…los que
traen un detector de metal pueden encontrar lo que otros dejan perdido".
Roger Trujillo vino a buscar oro con su familia. Él afirma que en otras
ocasiones ha encontrado oro y hoy también piensa salir de aquí con "color"
en sus bolsillos. Al preguntarle cuál es el secreto del éxito de todo buen
explorador, la respuesta del joven es predecible: "Cómo quieres que te
revele mis tácticas… eso es un secreto".